




Chapuzon
Película, luz, arena, arcilla de terracota
Bajo el mar Caribe, suspendidos entre la arena movediza y la superficie ondulante, nos sumergimos en una quietud singular. Un breve instante de ingravidez que solo existe entre palabras. Arriba, las olas centelleantes suavizan la política y el caos de la vida humana; abajo, los pliegues de la arena guardan las historias de quienes nos precedieron.
En todo el Caribe, las piedras Zemi reflejan esta relación entre mundos. Originalmente creadas por el pueblo taíno, se creía que estas esculturas poseían una fuerza espiritual y se ofrecían como presagios de protección. Sus tres puntas representan los tres reinos: el cielo, el mundo de los vivos y el inframundo. Dispuestas en una constelación triangular, están destinadas a abrir un portal, un mundo entre mundos.
Aunque los historiadores del pasado insistían en que los taínos habían sido exterminados, ahora sabemos que no desaparecieron; su linaje se remonta a muchos latinos caribeños modernos. Rastrear esa ascendencia y la cultura que sobrevivió con ella nos brinda una base para imaginar un futuro latino que se nutra del conocimiento ancestral.
Ambientada en las aguas de la costa de Venezuela, esta obra marca el comienzo de un paisaje marino imaginario: un espacio para soñar con un futuro latinoamericano, donde el pasado sumergido y el futuro especulativo se encuentran en algún punto entre el fondo del océano y la superficie.
